Últimas palabras para Luis

 
Por Carlos Hernández Bento  (Publicado en el Diario de Avisos el 14 de agosto de 201.
 
 
A la memoria de don Luis Cola Benítez,  Cronista oficial de Santa Cruz de Tenerife y Cofundador de la Tertulia Amigos del 25 de Julio.
 
 
          Llegaste una mañana clara, con las luces claras. Amante del trabajo y la risa pícara. La mirada franca, la voz amable, las manos y el corazón abiertos.
 
         Siempre entrabas en el Archivo muy diligente con un “Buenos días, don Carlos”, a modo de pequeña venganza. Odiabas que te tratara de don; pero… lo siento mucho, amigo, esto para mí fue una cuestión insuperable. Sólo pude empezar a tutearte a última hora, después de seis años, cuando te anunciaron la enfermedad que acabó con tu existencia terrenal… como cumpliendo una de tus últimas voluntades y tragando mucho. Es de risa el lío que me hacía a veces en las conversaciones, cuando buscaba palabras y frases construidas de tal forma que no tuviera que utilizar ni el tú ni el usted. Por momentos debiste pensar que era tartamudo.
 
          Juntos nos llevamos una tremenda alegría cuando, pasado casi un año de conocerte, te hicieron “Cronista oficial de Santa Cruz de Tenerife”, la ciudad donde nació tu alma. Ya por entonces la amistad que te tenía era lo suficientemente grande como para sentirme orgulloso de ti hasta las trancas.
 
          Nunca te oí una mala palabra de nadie. Amigo de tus amigos, me hablaste con el corazón en la mano de las virtudes de todos y cada uno de los miembros de “tu” Tertulia, y de otras muchas personas que no pertenecen a ella.
 
          Siempre quitabas importancia a lo que hacías, por más que tus amigos estábamos empeñados en ponérsela… ¡Esto fue el cuento de nunca acabar! Como investigador nos diste libros como SED. La Odisea del agua en Santa Cruz de Tenerife, que tiene cerca de 1.600 notas a pie de página… ¡Qué barbaridad! Aparte de escrupuloso investigador fuiste un extraordinario divulgador centrado en la “pulpa de la Historia”, para llegar al gran público. Y llegar, amigo… lo que se dice llegar y encantar con la palabra… ¡Eso viene de nacimiento!
 
          Casi desde el principio me hablaste del grupo de historiadores Tertulia Amigos del 25 de Julio, de la que fuiste uno de sus fundadores. Me contabas todo lo que debatían en las reuniones y, sin llegar a entenderlo mucho, me dejabas opinar. A mí todo esto me tenía muy desconcertado. Por eso recordaré por siempre la vez que te acercaste a mi mesa y me dijiste algo dubitativo, como no sabiendo la respuesta, “Yo a ti, te voy a proponer para la Tertulia”. Es como si no te dieras cuenta de que me estabas dando una de las alegrías más grandes que haya tenido. ¡Menos mal que estaba sentado!
 
          Nuestras conversaciones giraban en torno al Archivo y a los proyectos que tenía para él, a los documentos y sus curiosidades, al Patrimonio de Santa Cruz y a la Historia en general. Todo ello, aderezado con chascarrillos y cuentos sobre nuestra Ciudad, mi Gomera, el Arafo de Juan Antonio o el barrio de Los Llanos de doña Carmen; compañeros del Archivo, del que fuiste uno más.
 
         Políticamente eras un hombre de ideas, más que de partidos. Siempre expresaste tu opinión abiertamente, pero escuchando con mucho respeto las del resto. Hablabas con un gusto amargo del Santa Cruz que se “han cargado”, y tenías el ojo puesto en las bellezas que aún nos quedan, en el intento de evitar más tropelías y desdenes. Aquí sí que te enfrentabas contra quién la conciencia te dictara; en privado, en público e incluso en la letra de tus libros.
 
          Gracias, amigo, por todas las veces que apoyaste mis proyectos; gracias por tantos conocimientos que sacaste de tu cabeza-chistera, para regalármelos paciente y generosamente; gracias por ir corriendo, ¡un señor de ochenta años!, a abrir la puerta o coger el teléfono, en los momentos de tormenta y empuje en el Archivo; gracias por dejarme como mejor herencia a tus amigos… Cuando me reúna con ellos, de alguna tenue forma me seguiré viendo contigo.
 
          Los últimos días me decías cosas como: “Una vez me dijiste que la palabra amigo es una de las más bonitas que hay”; “Encantado de haberte conocido”; “Gracias por tu amistad”; o “Muchas gracias, Carlos… pero no por lo de hoy, sino por lo de siempre”. Con frases como éstas te fuiste despidiendo sin alharacas, como quién va a coger el último tranvía a Villa Benítez… Ése en el que te colabas de menudo para gastarte las perras en caramelos.
 
          Lo de tu postrero “25 de julio”, sólo unos días antes de tu partida, me puso los pelos de punta. Fuiste el último en llegar y ya estábamos muy preocupados. Te vi venir a lo lejos por la cuesta que baja de tu casa como un Ave Fénix triunfante o un Cid Campeador que se incorpora a su tropa. En la iglesia estuve más pendiente de tu estado, que de lo que dijera el cura. Te noté ya muy cansado, sentado la mayor parte del tiempo… Luego me dijiste que el motivo era simplemente que no aguantabas los pies… ¡Madre de Dios! ¡Qué madera! A partir de ahora, sea lo que venga, me acordaré de ti cuando me vuelva a revolcar la vida. Ésta es la más grande lección que me diste nunca: irte sin un ¡ay!, sin una queja. Entre tanto buen humor y risas, me hacías olvidar la seriedad del asunto... Parecía que tuvieras una gripe o unas paperas. ¡Qué tierna dureza la tuya!
 
          Y como el Cid te vas, amigo del alma, y dejarás atrás dos libros póstumos, como quién sigue trabajando y ganando batallas después de muerto. Uno, ya en prensa, que hará tu número quince y recopila tus Retales de la Historia, y otro que estaba pensado para el año que viene, sobre todos los alcaldes de Santa Cruz. Despreocúpate… ¡Tus amigos lo sacaremos adelante!
 
          Por tu mujer, Luz, la luz que caminó contigo, sé que lo último que intentaste antes de que te ingresaran, fue vestirte para ir a tu Archivo donde tan bien lo pasabas, a ver a la gente que allí tenías; sabedor de que nos desvelábamos por ti.
 
          Muy cerca de donde naciste hay una plazoleta, que es como tú: sencilla y acogedora. Tiene un techo de flamboyanes y algunos banquitos, donde la gente se puede sentar a leer, porque no, alguno de tus libros. La atravesabas todos los días por Callao de Lima para venir a vernos. ¡Senda de la amistad en la que nunca creció la hierba! Sería bonito, si no hay otra propuesta, que le quitaran el insulso nombre que tiene y le pusieran el tuyo.
 
          El otoño vendrá también para mí, Luis, y tras él, el invierno. Los días pasan unos en pos de otros, y con ellos las semanas, los meses y los años. ¡La vida misma! Somos muy poquita cosa… ¿Qué te voy a contar yo a ti? A mí todavía me dicen joven, aunque ya me empiezo a sentir a la mitad del camino. No sé los años que me quedarán por este mundo… pero llegará el momento de volvernos a ver… ¡De eso estoy seguro!
 
         Quizá dentro de muchos años, cuando estemos todos calvos, alguien en alguna hemeroteca podrá leer esta carta que un día escribí hablando de nuestra amistad, tan llena de coincidencias e intereses comunes.
 
          Pero… ¡No hay tiempo para decirte más! ¡La puerta del ascensor se cierra! ¡Se va el último tranvía!… ¡Gracias, gracias, gracias, don Luis! ¡Muchas gracias por todo, amigo maestro! ¡Adiós, adiós! ¡Adiós hasta mi muerte!… ¡A Dios!
 
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