La recuperación de Nelson después del 25 de Julio

 
Por Emilio Abad Ripoll  (Publicado en el Diario de Avisos en 3 capítulos los días 2, 9 y 16 de agosto de 2015, y en Kiosko Insular.com el 10 de enero de 2016).
 
Premio General Gutiérrez de Periodismo (16ª edición, 2015)
 
 
 
Una inquietud
 
          Desde que empecé a conocer el tema de la Gesta del 25 de Julio y tuve noticias de que el más famoso de los marinos de guerra británicos había sido gravemente herido en Tenerife, debiendo sufrir como consecuencia inmediata la amputación de su brazo derecho, me interesó conocer algo más sobre aquella mutilación y, sobre todo, la rápida recuperación que le llevó tan sólo 6 meses después a regresar al servicio activo.
 
        Hoy en día, con los modernos adelantos en Medicina, Cirugía y Farmacia y las actuales condiciones higiénicas, no puede extrañar mucho que la amputación de un brazo no suponga un peligro mortal para el paciente. Pero al referirnos al caso de Nelson estamos hablando de finales del siglo XVIII, cuando era muy común que una herida, por simple que fuese, se gangrenase y desembocase, en pocas semanas, en la muerte de quien la había sufrido. 
 
          Además, las circunstancias de la amputación (en una cámara pequeña iluminada tan solo por velas, el cuerpo sobre la tapa de un arcón, los balanceos del buque, los utensilios utilizados en la intervención -entre ellos la ominosa sierra-, la segura insalubridad del local, la falta de cualquier producto anestesiante verdaderamente eficaz…) no parecen aproximarse siquiera a las condiciones necesarias para posibilitar una feliz operación y una relativamente rápida recuperación. Y sin embargo, medio año después Nelson estaba ya dispuesto para volver a la mar.
 
         ¿Cómo y dónde se produjo aquel restablecimiento? Fue la pregunta que me revoloteó por la mente muchas veces, especialmente cuando oía o leía algo sobre la herida que, posiblemente, le causó el cañón El Tigre. Pero finalmente mi curiosidad ha quedado satisfecha, y pensando en que quizás alguno de los lectores haya sentido la misma inquietud es por lo que he redactado estas líneas.
 
          Las soluciones, como se decía antes, “están en los libros”. Tres buenos amigos además de contertulios, John Lucas, Alastair F. Robertson y Juan Carlos Cardell Cristellys me han facilitado obras en las que se recogen informaciones sobre la recuperación anímica y física de Horacio Nelson. Pues bien, con semejante bagaje en las manos (en especial una monumental biografía del almirante británico aparecida entres 2004 y 2012 en Inglaterra y escrita por John Sugden) (Nota 1) el resto de la labor consistía en leer, centrándome, para poder pergeñar este artículo, en la situación de Nelson tras su derrota y grave herida y durante el proceso de su recuperación, obviando lo que no interesase mucho a este respecto (como por ejemplo las preocupaciones financieras de Nelson o su afán por convertirse en propietario de tierras o casas como muchos de los grandes de la sociedad inglesa) y lo que pudiera resultar repetitivo por expuesto ya en los numerosos relatos de los combates de la Gesta. 
 
 
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 Horacio Nelson, óleo de Lemuel Francis Abbot (National Maritime Museum, Greenwich, Londres)
 
 
 
EN SANTA CRUZ Y EN LA MAR
 
¿Premoniciones?
 
          Desde el punto de vista inglés, la expedición de Nelson a Tenerife estaba predispuesta a la obtención de un éxito rotundo, como parece deducirse de la correspondencia entre el contralmirante y su jefe inmediato, el almirante John Jervis, conde de San Vicente, durante las semanas de preparación antes de abandonar el tedioso bloqueo de Cádiz. Los informes que se reciben directamente de quienes habían robado en la rada de Santa Cruz, muy pocas fechas antes, un barco español y otro francés, con poca resistencia desde tierra; las noticias de que las fuerzas de defensa apenas se componían de unos trescientos soldados regulares y el resto, dispersos además por la isla, eran voluntarios pobremente armados y peor instruidos; la superior preparación de los infantes de marina y las tripulaciones inglesas; el efecto sorpresa, tan valioso en la guerra y que Nelson va a utilizar como carta fundamental en la partida; la importante escuadra que Jervis pone a su disposición, con casi 400 bocas de fuego; la enorme valía y experiencia de los capitanes de los barcos (“la crema” de la Royal Navy los califica Sugden); el nulo apoyo que la escuadra española (sitiada en Cádiz) podrá prestar a los defensores;…. Todo estaba a favor y eran del agrado de Nelson las órdenes de Jervis (“tomar la isla de Tenerife”) y por eso escribía alegre y confiadamente a su almirante que “…bajo el mando de Troubridge en tierra y el mío a bordo, confío totalmente en el éxito”.
 
          Pero, sin embargo, Nelson parecía sentir dudas. Aunque le hubieran dado casi mil infantes de marina, al flamante contralmirante le disgustaba no poder contar con los tres mil soldados -los “casacas rojas”- que pidió y que podían terminar el trabajo, según sus propias palabras, en una semana. Y conocía bien que en la guerra la certeza absoluta no existe, por lo que, quizás ponderando riesgos escondidos, dejaba escrito que la parte en metálico que pudiese corresponderle del botín se enviase a Fanny, su mujer, si a él le ocurría algo.
 
          Jervis confiaba plenamente en quien consideraba su mejor subordinado, pero en su nota de despedida también parecía dejar traslucir una cierta inquietud: “Dios le bendiga y le ayude. Estoy seguro de que obtendrá el triunfo, aunque a los mortales no nos sea dado conseguirlo a nuestro antojo.”
 
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El almirante John Jervis, óleo de William Beechey (National Maritime Museum, Greenwich, Londres)
 
         
          Se produce el fiasco de las dos intentonas fallidas del 22 de julio y Nelson asume el fracaso, sin culpar a nadie, especialmente al capitán Troubridge, de ello. Se ha perdido el efecto sorpresa, al que tanta importancia había dado el contralmirante en el planeamiento de la operación, y por su mente pasa la idea de retirarse y aguardar otra mejor ocasión. Pero, como su biógrafo Sugden resalta en varias ocasiones, con Nelson se había instaurado en la Marina británica un nuevo estilo de mando, pues a diferencia de lo sucedido en etapas anteriores, el contralmirante celebraba, aún en alta mar, frecuentes “consejos de guerra” en los que escuchaba la opinión de sus inmediatamente subordinados, a fin de llegar entre todos a la solución más acertada, aunque se reservara, como Jefe, la decisión final. En este caso la opinión de sus capitanes es intentarlo de nuevo, pues, aún sin contar con el factor sorpresa, unánimemente confiaban en que, por los demás factores expuestos antes, la victoria no podría escaparse.
 
          En este momento, Sugden escribe que Nelson aprobó el ataque, aunque con una sensación de oscuro augurio, porque, como reconocería más tarde, tras lo sucedido el día 22…
 
                   “Mi orgullo sufría, y aunque consideraba el nuevo intento como una empresa desesperada, el honor de nuestro país requería el ataque y que fuese yo quien se pusiese al frente. Nunca confié en regresar.”
 
          Nelson, pues, accede, aunque ahora, para que nadie pueda dudar de su determinación, decide que él mismo se pondrá al frente de la fuerza de desembarco, lo que va a constituir un grave error. 
 
          Lo recogido por Sugden confirma el mal presentimiento que se plasma en la carta de Nelson a Jervis fechada el día 24, horas antes del ataque definitivo, y en la que  se puede leer que: 
 
                    "… mañana mi cabeza será coronada probablemente de laureles o de cipreses. Sólo tengo que recomendarle a Josiah Nisbet a usted y a mi país." (2)
 
          Es de observar la recomendación que hace con respecto a su hijastro, el teniente Josiah Nibet -y que reitera en la misma misiva-, tema del que hablaremos más adelante. 
 
        También luego comentaremos una relación amorosa que sostenía Nelson con una dama italiana, pero de momento diremos que, cuando se aproxima el momento del desembarco, el contralmirante quema, ayudado por Nisbet, algunos papeles relativos a esa infidelidad para que no pudieran caer, si él no volvía de la operación, en manos de su esposa, Fanny, que espera allá en Inglaterra.
 
        Finalmente, un relato inglés basado en las declaraciones del citado Nisbet, que acompañaba a su padrastro en el bote que encalló en la playa de la Alameda, pone en boca del contralmirante, al sentirse herido, las siguientes palabras: 
 
                 “¡Me han atravesado el brazo! ¡Soy hombre muerto!”. (3)
 
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Nelson herido, en brazos de su hijastro, Josiah Nisbet. Óleo de Richard Westhall
 
 
Los peores momentos
 
          Con la urgencia posible, dadas las circunstancias, Nelson, a quien su hijastro con su propio pañuelo de cuello y la camisa de un marinero desgarrada en tiras, a modo de vendas, había hecho un torniquete que seguramente le salvó la vida, es devuelto en el mismo bote a su buque insignia, el Theseus, donde el cirujano Thomas Eshelby, quien servía ya varios años a las órdenes de Nelson, ayudado por un enfermero francés y tres marineros encargados de inmovilizar al paciente -uno de los cuales se desmayaría y sería sustituido por el capellán- procederá inmediatamente a amputarle el brazo derecho por encima del codo (ya veremos más tarde que bastante por encima).
 
          Es llevado luego a su cámara, le suministran unas píldoras de opio, y cuando el sueño le invade aún tiene la esperanza de que Troubridge culminará con éxito la operación que para él empezó de forma tan dramática…. Pero a las siete de la mañana, el capitán Miller y un oficial español, el capitán de puerto Adam, le traen la desdichada nueva: la derrota ha sido absoluta aunque se ha conseguido llegar a un aceptable acuerdo de capitulación. Nelson ordena izar en todos los barcos la “bandera de tregua” y da por terminada la batalla de Tenerife.
 
          A lo largo de los días 25 y 26, las noticias de la sangrienta derrota le abruman, aunque físicamente se siente un poco mejor, controlado minuto a minuto su estado por el enfermero francés, quién bajo las órdenes de Eshelby lo seda con opio para aliviar los fuertes dolores y le proporciona los primeros alimentos: sopa, sagú, limonada. Decide que se corresponda a la humanidad que Gutiérrez y los tinerfeños han mostrado con los heridos y prisioneros británicos enviando al general una barrica de cerveza, unos quesos y unos prismáticos de visión nocturna, firmando, seguramente por primera vez, con la mano izquierda una caballerosa carta al comandante general español.
 
          Y como es preceptivo firma también, con fecha 27 de julio, el informe de lo sucedido a su superior, en el que, de nuevo, no hay un solo reproche a nadie:
 
                    “Theseus, frente a Santa Cruz
 
                  “… y aunque estoy en la dolorosa necesidad de informarle que no nos ha sido posible obtener éxito en nuestro asalto, es mi deber afirmar que creo que nunca mayor osada intrepidez se mostró por los capitanes, oficiales y hombres que usted hizo el honor de colocar bajo mi mando...”  (4)
 
          A ese informe acompañaba una carta privada a Jervis que, en algunos de sus párrafos, refleja con crudeza el estado anímico del contralmirante en aquellos difíciles momentos, derrotado en una empresa en la que tantas esperanzas se pusieron, con muchos muertos, ahogados y heridos entre los hombres a su mando, y con una gravísima herida que podía convertirle en un incapacitado para el resto de su vida.
 
                   “… me he convertido en un estorbo para mis amigos y en un inútil para mi Nación, pero por mi carta del 24 percibirá mi ansiedad por la promoción de mi hijastro Josuah Nisbet.
 
                     … cuando deje de estar bajo vuestro mando moriré para el Mundo, me voy desde ahora y nunca más seré vuelto a ver…
 
                     … espero me de una fragata para transportar los restos de mi esqueleto a Inglaterra…”  (5)
 
          Con grandes dolores en el cuerpo y abatida el alma por el fracaso y el sombrío futuro que parecía aguardarle, abandonaba Nelson con su escuadra las aguas canarias. Y, mientras la Emerald se adelantaba para entregar en las afueras de Cádiz a Jervis las cartas e informes que hemos ido citando, en su lento navegar rumbo Norte, el contralmirante rumiaría en su interior, una y otra vez, los mismos pensamientos de derrota, desilusión y desesperanza; y, cuando se lo permitiera el dolor del brazo,  pasaría la vista por la lista de la marinería de su Theseus en la que, al lado de casi 50 nombres, leía con dolor ”ahogado en el ataque a Santa Cruz” o “muerto en Santa Cruz”.
 
          Por fin, el 15 de agosto avistaban Cádiz, donde la flota británica seguía bloqueando a la española. Al día siguiente, Nelson enviaba a Jervis otra carta privada en la que podemos leer que…
 
                  “Me alegro de encontrarme de nuevo a la vista de su Insignia, y con su permiso iré a bordo del  Ville de Paris y le presentaré mis respetos. Si la Emerald ha arribado conocerá mis deseos. Un almirante manco nunca será considerado nuevamente como útil, por lo tanto cuanto más pronto me retire a una humilde casita de campo, mejor; y así dejaré el puesto para que un mejor hombre sirva al Estado…” (6)
 
          Como vemos no parecía haber variado mucho el estado de ánimo de Nelson, que insistía en su retirada del servicio activo. Pero él desconocía que Jervis, ya conocedor de lo de Tenerife, había enviado al Almirantazgo aquel mismo día un Informe en el que se podía leer que el almirante elogiaba la actuación de Nelson y sus hombres en el combate y añadía que…
 
                 "Desde el momento en que se una a mí el contralmirante, es mi intención enviar la Seahorse a Inglaterra con él; la herida que ha recibido en su brazo el capitán Fremantle también requiere un cambio de clima; y espero que ambos vivan para contribuir en importantes servicios a su Rey y su Nación…”  (7)
 
          Jervis era uno de esos jefes para los que la lealtad también se manifiesta en el sentido descendente, es decir, del superior al subordinado; y habría más ocasiones en el futuro próximo en que lo demostraría, al menos con respecto a Nelson.
 
 
EN  INGLATERRA
 
La llegada
 
         No es difícil imaginar lo triste que tuvo que ser para Nelson, Fremantle y unas decenas más de heridos que viajaban a bordo de la Seahorse aquella singladura que les devolvía maltrechos y, en muchos casos, mutilados, a casa. 
 
          Si bien los registros en el libro del médico parecen al principio bastante optimistas (8), el 20 de agosto Eshelby pasa destinado a la Seahorse para cuidar del contralmirante en su viaje a Inglaterra. Es de destacar que desde el 1 hasta el 20 no recogen sus biógrafos más partes médicos. Ese día el cirujano expresa de nuevo su preocupación porque ”una de las ligaduras no se suelta”. Las siguientes semanas Nelson sufre a veces, especialmente por la noche, fuertes pinchazos en el muñón, lo que le lleva a irritarse con el médico y no permitir ningún muevo reconocimiento de la herida hasta su llegada a Inglaterra.
 
          Cuando regresaba a su tierra acabando el verano de 1797, casi roto por el desánimo y las penalidades de años de guerra, los pensamientos de Horacio Nelson girarían siempre en torno al mismo escenario. En aquellos momentos había conversaciones en busca de un acuerdo, tras un conflicto que duraba ya casi 5 años, con la Francia revolucionaria, y si llegaba la paz no estaba clara la utilidad que para Gran Bretaña podía tener un veterano, mutilado como consecuencia de una sangrienta derrota, por lo que un modesto retiro, a media paga, parecía ser la perspectiva más probable.
 
          Pero, él no lo sabía aún, la paz estaba lejana. Francia pedía fuertes compensaciones por la destrucción de su flota en Tolón y que el Cabo de Buena Esperanza volviese a manos holandesas, lo que Inglaterra no podía consentir, ya que constituía un enclave fundamental en el comercio del Imperio. Gran Bretaña, pues, iba a seguir necesitando a sus barcos y a sus almirantes.
 
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Bahía de Spithead (Fuente: Wikipedia)
 
          A primeras horas del 1 de septiembre de 1797 arribaba la fragata a Spithead (9). Inmediatamente Nelson solicitaba del Almirantazgo autorización para arriar su enseña y poder trasladarse a su hogar para intentar recobrar la salud. 
 
          A media tarde ponía pie en el nuevo puerto logístico de Portsmouth, donde le esperaba la primera sorpresa: un recibimiento poco común. Varios cientos de personas aguardaban su llegada y corearon su nombre con los tres clásicos hurras, a los que correspondió agradecido el contralmirante, que nunca antes había sido recibido de esta manera a su regreso. Ello haría pensar a Nelson en que aún podía confiar en conservar el favor de sus jefes, lo que se confirmaba apenas 24 horas después cuando le llegaba una carta privada de su principal mentor, el conde George Spencer, primer Lord del Almirantazgo, felicitándole por su “muy glorioso aunque infructuoso ataque a Santa Cruz”  (10)  a la vez que le deseaba una rápida recuperación.
 
         Ambas circunstancias, el recibimiento y la carta, hicieron creer a Nelson que, pese a todo, aún era posible que se le confiriese otro mando. Y ese agradable pensamiento tuvo que amenizar sus ratos de soledad y aliviar sus dolores en el carruaje que le transportó a Bath (11), lugar de preferencia para el contralmirante (12) donde le esperaban su padre, el reverendo Edmund Nelson y su “adorada esposa” Fanny (13). El reencuentro se produjo al atardecer del 3 de septiembre, precisamente el día antes de que se publicara oficialmente la derrota de Tenerife.
 
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Fanny Nelson, acuarela en papel por Daniel Orme
 
 
          En la prensa de Bath se hablaba de su llegada y se decía que el almirante  parecía estar en buen estado de salud y animado,  pero Fanny no era de esa opinión. Hacía cuatro años que no lo veía, cuatro años de mar y de guerra que habían dejado huellas indelebles en la anatomía de su marido. Nelson había perdido totalmente la visión de su ojo derecho y le faltaba parte de la ceja (14). La victoria del Cabo de San Vicente también se había cobrado su peaje, pues un fuerte golpe recibido le había producido una hernia abdominal de la que sufría frecuentes dolores.  Pero lo más llamativo era su vacía manga derecha colgando flácida a su costado. Y, como colofón, los dolores que persistían le daban el aspecto de un hombre seriamente enfermo.
 
          La causa era que el muñón no se le cerraba, lo que le ocasionaba permanentes dolores y, con frecuencia, accesos febriles. Tan sólo las tomas de opio le aliviaban el sufrimiento y le permitían dormir. En Bath fue tratado diariamente por un cirujano llamado Nichols, con el apoyo de un médico de la localidad, el doctor Falconer y a veces también de un farmacéutico, Joseph Spry.
 
          Pero tenía el impagable apoyo de Fanny que, aunque quedó muy impresionada al ver el brazo cortado “tan arriba, junto al hombro”, lo atendía con todo cariño, ayudándole en todas las tareas normales de la vida, desde la de vestirse a la de escribir cartas, pasando por la de cortarle la carne en las comidas.
 
          Nelson, resignado, deseaba con verdadera impaciencia que la dichosa herida se cerrara, y él mismo se animaba con cada síntoma de mejoría por pequeño que fuese. Desde Bath escribía a su hermano en Londres y le decía que su salud personal “estaba mejor que nunca” y que su brazo estaba en “camino de sanar pronto”. Pero lo que de verdad le importaba y consolaba de todos sus pesares era la certeza de seguir contando con el apoyo de los almirantes Spencer y Jervis.
 
 
Secretos y comportamientos oscuros
 
          Fanny, una mujer que según Sugden no era bella, pero sí resultaba interesante, se sentía ahora más cerca de su marido y más unida a él que nunca, quizás por la necesidad que Horacio tenía de ella como consecuencia de su invalidez y sus sufrimientos. Y aunque a su llegada detectó en él todas las mermas físicas que hemos comentado antes, no llegó a hacerlo con un secreto que el almirante tenía bien guardado y que también hemos comentado de pasada: el de la infidelidad.
 
          Hacía ya unos tres años que Nelson tenía una amante italiana llamada Adelaida Correglia, a la que había puesto casa en el país mediterráneo y alguna vez invitó a bordo de su barco. Se habían encontrado por última vez en enero de aquel 1797, es decir, unos 8 meses antes de su reencuentro con Fanny.
 
         Era bastante común entre la oficialidad de la Royal Navy tener estos “deslices” generalmente considerados como “relaciones temporales de conveniencia”. Lo de Nelson y Adelaida era conocido por la mayoría de sus compañeros, incluido su hijastro, el hijo de Fanny, Josiah Nisbet, pero, aunque el almirante estaba convencido de que su relación con la italiana no podría afectar en absoluto a su matrimonio, el tema se mantuvo en secreto desde que volvió a pisar Inglaterra, y parece ser que Fanny nunca se enteró. 
 
         Y hablando de Josiah, aquel otoño de 1797 Nelson podía darle a su esposa una gran noticia. El joven tenía únicamente 17 años de edad, a la vez que carecía de la experiencia necesaria para asumir alguna responsabilidad de mando en la Royal Navy, pero había subido vertiginosamente desde los empleos inferiores. El 26 de mayo de aquel mismo año, y con sólo 16 de edad, había sido destinado como teniente al buque insignia de Nelson, el Theseus, en flagrante violación de lo que la legislación establecía para un destino semejante: que contara con 6 años de servicio en la mar y una mínima edad de 20.
 
          ¿Cómo entonces había sido destinado Josiah? Muy sencillo: Nelson había falsificado los datos personales de su hijastro y buscó el apoyo de tres capitanes leales a su persona que testificaron y certificaron que el interesado había superado los preceptivos exámenes. Y no sólo fue eso, pues Nelson (como ya vimos en las cartas anteriores) había solicitado repetidas veces de Jervis el apoyo a Nesbit; y lo consiguió, porqué el 18 de septiembre el conde de San Vicente concedía al casi imberbe Josiah ser el “master and commander” del Dolphin, un buque hospital de la Royal Navy.
 
          Que el asunto fuese un claro ejemplo de nepotismo por parte de Nelson no importó mucho a Fanny, quien, dadas las circunstancias, empezó a soñar en ver muy pronto a su hijo convertido en uno de los más jóvenes almirantes de la historia de la Marina británica.
 
 
Y, a pesar de todo, en la cresta de la ola
 
          Pronto Fanny y Horacio se trasladaron a Londres, adonde llegarían en la mañana del día 18 de septiembre, y aunque allí solían residir en el domicilio de un tío de Nelson (William Snakling), Mauricio, hermano del contralmirante, les había encontrado un apartamento de alquiler en Bond Street, apenas a un corto paseo de la sede del Almirantazgo, lo que acercaba a Nelson al corazón de los asuntos públicos.
 
        Apenas en la capital, quizás el mismo día de su llegada, Nelson fue a visitar en el Almirantazgo a su más importante protector, el conde George John Spencer, que dirigía la Royal Navy desde 1794 y consideraba a Nelson como un oficial insustituible. Fue recibido por el conde y la condesa en su propia residencia, “la casa del Almirante”, anexa al edificio oficial, y allí Nelson se convenció de que podía seguir contando con la ayuda de Spencer, a la que había que unir la favorable opinión de los almirantes Hood y Jervis. Y se sintió absolutamente seguro, porque además, y lejos de dañar su reputación, la noticia de lo de Tenerife sólo parecía incrementar la admiración de la gente.
 
         La opinión pública desconocía el papel jugado por Nelson en la concepción y el planeamiento del ataque a Santa Cruz y la prensa sólo veía en él al valiente ejecutor de una aventura mal concebida, considerándole sencillamente un héroe al que se encomendó llevar a cabo una misión con pocas esperanzas de éxito. Por ejemplo, el The Times consideraba un error el intento de apoderarse de Tenerife, una operación que “no parecía haber sido juiciosamente planeada”, pero la audacia y el valor de quienes llevaron a cabo el intento estaba por encima de toda duda y no merecía más que alabanzas. Así se olvidó, o se corrió un más que tupido velo sobre el hecho de que había sido Nelson quién tuvo la idea de llevar a cabo la operación y concibió y planeó el ataque; y si se puso al frente de la fuerza de desembarco fue única y exclusivamente por el fracaso de sus hombres el día 22.
 
          Se adornaba y exageraba, a veces hasta puntos ridículos, la actuación de Nelson. Por ejemplo, también en The Times se podía leer que cuando le llevaban gravemente herido, casi desangrándose, en el bote de vuelta hacia el Theseus, el propio contralmirante ayudó “a sacar de la que iba a ser su tumba marina a un grupo de valientes compañeros que fueron rescatados por él.” Se refiere el periodista al hecho, recogido por varios autores, de que en ese urgente regreso al buque insignia, desde el bote de Nelson se recogió a varios marineros del Fox que acababa de ser hundido por la artillería española. No dudamos que esto pueda ser verdad, pero sí parece bastante improbable que Nelson, con el shock de la herida y una gran pérdida de sangre, estuviese como para echar una mano en el rescate directo de los desgraciados náufragos.
 
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Silla del contramaestre
 
          Claro que casi a renglón seguido se añadía que al llegar al Theseus, escaló por un costado “sin la ayuda de la silla del contramaestre”, un artilugio también llamado “guíndola” que no es más que una especie de andamio formado por dos o tres tablas. También resulta poco verosímil imaginarse a un Nelson muy debilitado, con un brazo colgando inerte, trepar por una “escala de gato” o un simple cabo, con el añadido de los balanceos del bote y del barco en alta mar.
 
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Escala de gato
 
          Pero todo aquello contribuyó a incrementar su leyenda, y la simpatía por Nelson era ya general en Inglaterra. Sugden escribe que un periódico consolaba a sus lectores, todavía en septiembre, informándoles de que “Este valiente y valioso oficial ya es capaz de escribir con su mano izquierda”. Y añadiendo que “Desde luego resulta curioso que Nelson practicase hace ya algún tiempo con su mano izquierda por si le sucedía algún percance a la derecha.”  Y el mismo autor también nos cuenta que semanas más tarde otro periódico predecía confidencialmente que pronto se iba a poner a Nelson “al mando de una operación secreta” puesto que “en la flota de S.M. no hay oficial más capaz para efectuar cualquier servicio de tal dificultad o peligro.”
 
        Es lógico pensar que tales muestras de afecto debían ser un poderoso alivio para los dolores de Horacio Nelson, comparable al orgullo que sentiría abriendo y leyendo las cartas de sus numerosos admiradores. Entre ellas las de antiguos amigos, como el viejo almirante Hood o la del duque de Clarence, que le daba la bienvenida al regresar “cubierto de honor y gloria” y declaraba que quería encontrarse entre los primeros que estrecharan su mano izquierda.
 
         Y en la calle la admiración se hacía sentir también. En los bares ingleses se hacían brindis por su pronta recuperación, las localidades de Bristol y Norwich lo nombraban “ciudadano de honor” y los vecinos, tanto en Bath, como en Londres, le mandaban regalos, destacando un magnate apellidado Coke, que pedía a los magistrados del condado redactaran una carta pública de agradecimiento a Nelson y le enviaba 16 perdices, 5 faisanes y 4 liebres.
 
          Muchos camaradas de armas y amigos visitaron su casa, entre estos últimos Betsy, la mujer del capitán Thomas Fremantle, quien había compartido con el contralmirante la cena de la noche del ataque a Santa Cruz… y el miserable viaje de vuelta en la Seahorse, y ahora le informaba de que su marido, aunque seguía con fuertes dolores, al menos había conseguido salvar el brazo.
 
          Si bien en privado Nelson se quejara de sus dolores y se sintiera pesimista en cuanto a su recuperación, ante extraños o en público su estado de ánimo parecía ser muy distinto. Por ello, si alguno de los muchos que le visitaron en aquellos días del otoño de 1797  esperaba encontrarse con un quejumbroso inválido se llevó una gran sorpresa. El contraste entre la debilidad física y la fuerza de voluntad eran evidentes. Sir Gilbert Elliot destacó que Nelson, obviamente “estaba sufriendo fuertes dolores”, pero se encontraba “mejor y más animado que nunca.”
 
          Pero también en el tema de la pública admiración había excepciones que confirmaban la regla. En aquellos tiempos reinaba en Inglaterra Jorge III, una de las pocas personas que habían criticado la actuación de Nelson en Tenerife, calificándola como una “vana muestra de valor”. Había que ganarse el afecto real y, de nuevo los poderosos protectores del contralmirante jugaron un papel decisivo.
 
         Como consecuencia de su destacada actuación en el combate del Cabo de San Vicente, Nelson no sólo había sido ascendido a contralmirante, sino que también el rey le había concedido el honor de admitirlo en la prestigiosa Orden del Baño. Y el almirante Spencer se las apañó para que, al cumplimentar la costumbre de presentarse a S.M. al regreso de misiones en el extranjero, el rey invistiese públicamente a Sir Horacio y lo condecorase. Así, el 27 de septiembre Nelson se inclinaba ante el rey en el Palacio de San Jaime.. Recibía primero el espaldarazo con el que se le nombraba Caballero y luego la banda y la estrella de la Orden, presentadas por S.A.R. Federico, duque de York, y colocadas en su hombro y pecho por el propio monarca. Nelson besó la mano de S.M. y el acto finalizó. Al día siguiente el contralmirante regresaba a Palacio y se reunía con ministros y otros altos cargos entre los que se encontraban, como no, Spencer y Hood.
 
          Los dos días de celebraciones parece que se reflejaron negativamente en el estado de salud de Nelson, y así lo recogía un testigo ocular que escribía: “La salud de sir Horatio Nelson no parece mejorar, si juzgamos por su apariencia en la reunión del miércoles. Parecía muy enfermo.” Pero al menos sirvieron para descongelar sus relaciones con el Rey, quien días después, personalmente, se interesaría por su salud, Al saberlo, Spencer comentaría que “aunque Nelson había perdido un miembro, el país aún necesitaba algo más de él”, lo que parecía indicar un pronto retorno al servicio. 
 
          Pasaban las semanas y empezó también a encontrarse con ánimo para asistir a  reuniones con gran número de personas, como la cena del 17 de octubre con muchos compañeros de la Royal Navy, organizada por el propio Nelson en la Shakespeare Tavern para celebrar la victoria naval de Camperdown sobre los daneses.
 
          A partir de aquellos días de finales de septiembre y principios de octubre, Nelson siguió frecuentando la clase más alta e influyente del Reino Unido. Sus biógrafos dicen que nunca hasta entonces había sido más admirado. A pesar de su derrota, Tenerife había engrandecido la leyenda del osado almirante nacida en las aguas del Cabo de San Vicente, lo que le daba nuevas energías. “En el momento en que esté curado me ofreceré para el servicio” escribía a Jervis. “Y si sigue manteniendo la misma opinión sobre mí, volveré con el mismo celo, aunque no con las mismas aptitudes físicas, que tenía antes.” Y maldecía el ojo ciego y el brazo perdido
 
 
Sufrimientos físicos y morales
 
          Pero estos primeros pasos en su deificación se daban por un hombre que aún sufría grandes dolores y en su interior sentía inseguridad por el futuro que la dichosa herida podía depararle. Por mucho que él y sus amigos deseasen el regreso a la plena actividad, todavía había que superar el obstáculo físico de la herida que no sanaba.
 
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Nelson. Óleo atribuido a Guy Head. (National Maritime Museum, Greenwich, Londres)
 
          Casi todas las ligaduras con que Eshelby había atado sus arterias y venas la fatídica madrugada del 25 de julio habían podido ser retiradas sin problemas apenas diez días después, cuando navegaba hacia Cádiz, pero tan sólo una permanecía, semana tras semana y mes tras mes, sobresaliendo del extremo del muñón y evitando que la herida se cerrase, lo que le produjo una infección, con supuraciones constantes.
 
        Desde su llegada a Londres, William Cruikshank, un eminente cirujano le visitaba diariamente, le cambiaba el vendaje, examinaba el brazo e intentaba extraer la tozuda ligadura, lo que ocasionaba al paciente un tremendo dolor, por lo que a las pocas semanas desistió de hacerlo. Otros importantes médicos y cirujanos cooperaban en la lucha por la recuperación de la salud del contralmirante, pero sin conseguir resultado alguno.
 
          La causa de aquellos fuertes dolores se pensó que era debida a que con la arteria se hubiese  ligado también un nervio durante la dificultosa amputación. El sufrimiento se combinaba con sensaciones fantasmas, pues Nelson a veces creía sentir su perdida mano. Por desgracia, el problema, fuese el que fuera, se encontraba unos cinco centímetros dentro de la herida. Se pensó en volver a operar, pero era casi imposible y muy peligroso llevar a cabo una segunda amputación debido a que el muñón era muy corto. Hubo un doctor, Mr. Keate, que recomendó firmemente que había que confiar que el paso dl tiempo y la propia naturaleza del enfermo lograrían la total recuperación, sin que fuese necesario utilizar métodos más violentos como una nueva operación o la dolorosa cura diaria. Y, con resignación, Nelson decidió soportar el dolor hasta que la ligadura se liberara por si misma.
 
          Durante unos meses Nelson llevó una existencia entre la incomodidad y el casi insoportable dolor, que se mitigaba sólo con las tomas de láudano, como en los primeros días a bordo y en Bath. Sus intentos de llevar una vida normal se convertían en fracasos muchas veces. Nelson continuaba su propia lucha diaria para poder realizar por sí mismo las tareas más sencillas, esas que nos son familiares por cotidianas desde los primeros años de nuestra vida, pero que ahora se convertían en intentos que con frecuencia consumían mucho tiempo, a veces eran frustrantes y en ocasiones hasta humillantes. 
 
        En consecuencia, su vida exigía en aquel otoño de 1797 una atención casi permanente por parte de otros. Entre los innumerables inconvenientes, le molestaba sobremanera no poder cortar los alimentos en la mesa, sobre todo, claro está, ante otras personas. Fanny le ayudaba cuando estaba sentada a su lado, pero fue Lady Spencer quién le envió un utensilio especialmente fabricado que combinaba tenedor y cuchillo, y que podía ser usado con una sola mano al habérsele dado a uno de los cuatro dientes un filo cortante. 
 
          También en la vestimenta hubo que introducir modificaciones, como confeccionarle camisas con la manga derecha corta, y cuyos puños se plegaban hacia arriba envolviendo el muñón y sujetándose al mismo con una cinta. Y con respecto al mobiliario se le fabricó una silla en la que el reposa brazos derecho estaba muy elevado para poder apoyar fácilmente el muñón.
 
          De igual manera que ante quienes no fuesen de su entorno inmediato rara vez dejaba entrever su verdadero estado de ánimo, lo mismo ocurría en el caso de la correspondencia. La única excepción era el excusarse por su dificultad en la escritura. Su biógrafo Sugden nos cuenta que en un documento titulado “La mano izquierda” se quejaba de que las manos derechas eran las “favorecidas, educadas y estimadas para desarrollar todo tipo de habilidades, desde saludar a los amigos con un apretón de manos, hasta blandir una espada contra los enemigo” mientras que las izquierdas “se resignaban a colgar balanceantes a su costado, excepto cuando se les pedía ayuda en un trabajo que no podían realizar por sí solas las derechas.”
 
 
Y de repente…
 
         … una noche, la del 3 al 4 de diciembre, Nelson durmió como un bebé, sin ni siquiera un minuto de incomodidad o dolor. Al despertarse notó una sensación extraña: no sentía ningún daño en la herida. Alborozado hizo que llamaran urgentemente a su médico, y apenas éste le quitó la venda, tiró suavemente de la ligadura que se desprendió del muñón con toda facilidad. Así lo describe uno de sus biógrafos “El enredado hilo, acompañado de putrefactos olores, cayó sobre el lienzo como una serpiente exhausta, para no volver a molestar.”(15) Un eufórico Nelson se autodescribía como “perfectamente recuperado y en vísperas de volver al servicio.”
 
          El 8 de diciembre el contralmirante enviaba una nota a la iglesia de San Jorge en la que escribía que “un oficial desea agradecer al Todopoderoso su perfecta recuperación después de sufrir una grave herida, así como las muchas mercedes que sobre él ha derramado.”
 
          Muy pronto, el día 13, los médicos le daban de alta y expresaban que el contralmirante ya no necesitaría sus servicios. Y a partir de ahora sería Fanny quien asumiría personalmente la tarea de ayudarle a vestirse.
 
          Casi terminaba un año en el que tras haber alcanzado la cima de la fama  nacional, había sufrido una fuerte derrota en la que a punto estuvo él mismo de perecer como varios cientos de sus hombres; pero ahora la aguja del barómetro de la fortuna empezaba de nuevo a señalar buenas perspectivas, alegrías y esperanzas. Spencer le prometía que izaría su enseña en un nuevo y poderoso navío de línea, el Foudroyant, que estaba a punto de ser botado en los astilleros de Chatham, e invitado por el Rey, y en lugar destacado, asistía el 19 del mismo diciembre  a una impresionante ceremonia oficiada en la catedral de San Pablo en acción de gracias por las victorias de la Royal Navy.
 
          Dado que la botadura del Foudroyant se retrasaba y el Almirantazgo quería volver a contar pronto con Nelson, se le ofreció el Vanguard, un navío de 74 cañones, que había sido botado 12 años antes, pero que acababa de ser totalmente puesto a punto en los mismos astilleros.
 
          La vida de Nelson empieza a transcurrir entre Bath y Londres. A la espera del nuevo futuro se le siguen ofreciendo homenajes, como el que tuvo lugar en enero de 1798  en el ayuntamiento de Norwich, donde se expuso la espada que Nelson había recibido de las manos de un almirante español en el combate del Cabo de San Vicente, colgándola de las uñas de un ancla, con el nuevo escudo de armas del héroe debajo. Y a esos homenajes comienzan a unirse las comidas y cenas de despedida, entre ellas una, muy especial, de Spencer. En su transcurso Nelson pidió a Lady Lavinia, la esposa del almirante, que protegiese a Fanny si él caía en combate. Plenamente consciente de todo lo que su mujer había hecho por él en los horrorosos meses del otoño de 1797, la describió en aquella ocasión como “un ángel cuyos cuidados han salvado mi vida”.
 
          El 16 de marzo de 1798, por fin, recibía Nelson la ansiada orden de trasladarse a Spithead, izar su insignia en el Vanguard y esperar instrucciones. Éstas van llegando en varios correos y  se resumen en que se le encomendaba zarpar el 1 de abril, en misión de protección de un convoy de buques mercantes desde Spithead y Falmouth hasta Oporto y Lisboa. Una vez los barcos en sus puertos de destino, Nelson debería dirigirse a Cádiz y ponerse a las órdenes de su anterior comandante, Jervis, el conde de San Vicente. Sus deseos no podían haberse cumplido tan fielmente si hubiese sido él mismo el redactor de los pliegos de órdenes. Spencer y Jervis seguían siendo sus mentores y protectores.
 
 
Epílogo
 
          A partir de aquí, la trayectoria vital de Nelson se separa de los malos momentos de Tenerife, y aunque las secuelas físicas sean permanentes, por lo que nunca olvidará el, para él, malhadado ataque a Santa Cruz, va a seguir una gloriosa carrera, siempre en lucha por su Patria y por su Rey, hasta que, en ese empeño, pierda la vida en Trafalgar en octubre de 1805.
 
Emma Hamilton Custom
 
Emma Hamilton (www.dailymail.co.uk)
 
          Por lo que respecta a sus seres queridos de 1797, Fanny, Lady Nelson, sufrirá, porque ahora sí la conocerá, la nueva infidelidad de su marido con Lady Hamilton, la esposa del embajador británico en Nápoles. En las navidades de 1800 planteó a Horacio una especie de ultimátum, pero la respuesta de él no pudo ser más desconsoladora, pues, aunque le decía que la amaba sinceramente, también le exponía que debía guardar ciertas consideraciones a Emma Hamilton, con la que llegó a tener una hija. Aunque ya nunca volvieron a vivir juntos, a lo largo de los años siguientes Fanny escribió varias cartas a su esposo pidiéndole que rompiese con Emma y volviese a ella, pero las misivas eran devueltas sin ni siquiera abrirlas. Sobreviviría muchos años a Nelson, falleciendo en 1831.
 
          Y en cuanto a Josiah, pronto el almirante perdió el buen concepto que tuvo de su hijastro, quien, por su comportamiento y en sus propias palabras, escritas en 1799, “casi le había partido el corazón” (16).  Sus arranques de furia y frecuentes borracheras le llevaron a varios problemas profesionales y tuvo que abandonar la Royal Navy. Se convirtió en un afortunado hombre de negocios y falleció a los 50 años de edad.
 
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NOTAS
 
1. Compuesta por dos libros, Nelson: A dream of glory y Nelson: The sword of Albion, supone una clara muestra de objetividad, pues se separa de la que parecía ser la línea oficial de la historiografía inglesa en lo referente al ataque de Nelson a Tenerife. Sugden reconoce que el objetivo de la acción era ocupar por lo menos la isla de Tenerife, así como califica en diferentes momentos de su obra a la derrota británica como “importante”, “dolorosa”, “inesperada” y “sangrienta”.
2. ONTORIA OQUILLAS, P., COLA BENÍTEZ, L. y GARCÍA PULIDO, D. Fuentes documentales del 25 de julio de 1797, p. 317. Museo Militar Regional de Canarias. Madrid. 1997
3. Ibídem. p. 336.
4. Ibídem. p. 323
5. Idem. 
6. Ibídem. p. 337
7. Ibídem. p. 336
8. El del día 26  recogía que “descansó muy bien y está tranquilo”; el del 27 que “pasó una noche regular, pero sin fiebre”; el del 28 que tras examinarle la herida “parece bien” aunque tiene algo de fiebre; y el del día 31 insiste en que “parece bien” y añade que “una de las ligaduras ya se ha soltado”. Pero el día 1 de agosto las cosas no están tan claras, pues aunque el herido “continúa recuperándose rápidamente y no hay síntomas pesimistas”, se destaca que “una ligadura no sale”.
9. Zona costera al sur de Inglaterra muy protegida de todos los vientos, excepto del SE. El mar penetra en el interior unos 23 km. con una anchura media de 6,5 km. En Spithead es tradición que el Rey o la Reina reviste a la Royal Navy. 
10. SUGDEN, J. The sword of Albion. The Bodley Head, p. 13. Londres, 2012.
11. Bath es una ciudad del S.O. de Inglaterra, conocida por sus aguas termales desde los tiempos de la dominación romana. Ha sido declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.
12. Esa predilección provenía desde que entre 1781 y 1782 pasara allí varios meses reponiéndose de los efectos del cólera contraído en Nicaragua en el ataque a una fortaleza española.
13. Frances, Fanny, nacida en Nevis (derivación del nombre original en español de Nuestra Señora de las Nieves), una isla del mar Caribe, en el seno de  una familia adinerada, se había casado con el doctor Josiah Nesbit, de quien tuvo un hijo que recibiría el mismo nombre que su padre. El matrimonio se estableció en Inglaterra, donde pronto enviudaría Fanny. Se trasladó con su hijo de nuevo a Nevis,  a vivir con un tío suyo, destacado político local. Allí conocería a Nelson, con quien contraería matrimonio en 1789, viajando la pareja a Inglaterra donde establecieron su residencia. A partir de entonces Fanny cuidaría al anciano padre de su marido. 
14. Combatiendo en Calvi, Córcega, (1794) recibió un disparo en la cara que le costó la pérdida de visión total del ojo derecho. Como consecuencia, debía esforzarse más con el izquierdo, que también fue perdiendo agudeza visual, al punto de que en ocasiones utilizaba un parche en él para protegerlo.
15. OMAN, Carola. Nelson, p. 232. The Reprint Society. Londres, 1950
16. ADKIN, Mark. The Trafalgar Companion.p. 178. Aurum Press,  London, 2005
 
 
BIBLIOGRAFÍA
 
- Nelson: A Dream of Glory, por John Sugden
- Nelson: The Sword of Albion, por John Sugden
- Fuentes Documentales del 25 de Julio de 1797, por Pedro Ontoria Oquillas, Luis Cola Benítez y Daniel García Pulido.
- Addenda. Fuentes Documentales del 25 de Julio de 1797, por Pedro Ontoria Oquillas, Luis Cola Benítez y Daniel García Pulido.
- The Trafalgar Companion, por Mark Adkin
- Nelson, por Carola Oman.
- Farragut and Other Great Commanders, por W. H. Davenport Adams.
- The Life of Nelson, por Robert Southey
- Nelson’s Flagships, por Geoffrey Callender
- El 25 de Julio a la luz de las Fuentes Documentales, por Luis Cola Benítez y Daniel García Pulido
 
 
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