Recordando a los caídos británicos

 
Por Alastair F. Robertson   (Publicado en inglés en el número 614 de Tenerife News el 23 de noviembre de 2018. Traducción de Emilio Abad).
 
 
 
          Recientemente recordábamos a los que entregaron sus vidas en la Primera Guerra Mundial. Este artículo se refiere a los hombres que murieron en una batalla desarrollada mucho antes.
 
          Durante las guerras napoleónicas, cuando España era aliada de Francia, y por tanto enemiga de Gran Bretaña, en las primeras horas del 25 de Julio de 1797, una fuerza combinada británica compuesta por unos 1.200 marineros e infantes de marina, bajo el mando de nuestro héroe nacional, el contralmirante Nelson, comenzaba su ataque contra lo que parecía ser un fácil objetivo, Santa Cruz, el principal puerto de Tenerife y de las Islas Canarias. Pero el ataque era un último intento, una desesperada tentativa para ocupar la ciudad, lo que traería consigo el dominio sobre todo el archipiélago. El factor sorpresa se había perdido tres días antes, cuando el primer intento de desembarco había fracasado de manera lamentable. En la oscuridad que precedía al amanecer, cuando se aproximaban a la costa las lanchas británicas, con los remos rodeados por trapos y cargadas con hombres armados, fueron descubiertas por una mujer que marchaba desde San Andrés al mercado de Santa Cruz. Alertó a los centinelas de un fuerte cercano y  se produjo la alarma general. En poco tiempo los defensores de los diecisiete fuertes y baterías de Santa Cruz, bajo el mando del general Antonio Gutiérrez, estaban listos y a la espera.
 
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Este óleo del desembarco británico en el muelle de Santa Cruz, pintado por Gumersindo Robayna Lazo (c. 1897),
aparece en el libro La Historia del 25 de Julio a la luz de las Fuentes Documentales, de Luis Cola Benítez y Daniel García Pulido
 
         
          Todo lo que pudo ir mal para los británicos fue mal. Una tremenda barrera de fuego de cañón, como nunca la habían sufrido los ingleses, causó estragos entre las lanchas. Una fuerte marea con la que no se había contado desvió muchas de ellas hacia el sur de la ciudad, la pólvora de los fusiles se mojó cuando los hombres desembarcaban e hizo inútiles sus armas, y por lo menos cuatro atacantes se ahogaron tratando de superar el oleaje, El propio Nelson, que viajaba en la primera oleada de botes, cuando levantaba su espada, a punto de poner pie en la playa existente donde hoy se encuentra la Plaza de España, fue alcanzado por un disparo en el codo, y tuvo que ser llevado de vuelta a su buque insignia, donde se le amputó el brazo.
 
          Uno de los barcos británicos, el cúter Fox, de 14 cañones, que transportaba unos 180 hombres (no se sabe a ciencia cierta el número exacto) y suministros de munición, fue alcanzado por debajo de la línea de flotación por un disparo de cañón; se hundió casi al instante, llevándose consigo a su comandante y otros 97 hombres. 
 
          Existe, escrita en español, una detallada narración del ataque, y una traducción al inglés está a la espera de su publicación. Pero, resumiendo, los infantes de marina y marineros que desembarcaron lo habían hecho sin su líder, la cadena de mando estaba rota en lo más alto, pues los capitanes y tenientes esperaban las ordenes de Nelson que nunca llegarían. Las unidades se disgregaron y se perdieron en el laberinto de las calles de la población, que los milicianos isleños conocían como la palma de la mano. Tras unas pocas horas, los británicos, que habían buscado refugio en un convento, se rindieron y después de algunas negociaciones el general Gutiérrez les permitió volver a sus barcos con sus armas, sus banderas y la dignidad que pudieron mantener.
 
          Posteriormente cuando se hizo recuento y Nelson envió el informe de la acción, firmado con su mano izquierda, a su superior, el almirante Jervis, se encontró que 44 hombres habían muerto en los combates (28 marineros y 16 infantes de marina), otros 105 heridos (90 marineros y 15 infantes de marina) y 101 se daban como ahogados o desaparecidos, 97 de ellos tan solo en el hundimiento del Fox, lo que hacía in total de 250 bajas en el malogrado intento de ocupar Santa Cruz
 
           Después del ataque y la retirada británica, cinco de los fuertes de Santa Cruz se adjudicaron el mérito del disparo de cañón que hundió al Fox. Tras el estudio de los informes el número se redujo a tres, y después se convirtió en uno, que resultó ser el fuerte de San Miguel, cercano al castillo de Paso Alto. Un dramático diorama que se expone en el Museo Militar de Almeyda, en Santa Cruz, recrea ese momento. Entre otros recuerdos de la batalla existentes en el Museo, se encuentra la bandera del buque británico Emerald. Se dice que la bandera no se tomó en combate, lo que hubieses supuesto un gran deshonor, sino que se perdió de la nave y llegó a tierra arrastrada por las aguas.
 
          Nelson se llenó de admiración hacia su enemigo; a bordo de su buque, el Theseus, dictó lo siguiente:
 
               “Y ahora es justo que destaque la noble y generosa conducta de don Juan Antonio Gutiérrez, el gobernador español; desde el momento en que se acordó la capitulación, ordenó que nuestro heridos fueran atendidos en los hospitales y que a toda nuestra gente se le suministraran los mejores alimentos que se pudiera; y ofreció  a los barcos que adquirieran en tierra las vituallas frescas que necesitaran mientras durase su permanencia en las aguas de la isla."  
 
          Los dos comandantes intercambiaron regalos y expresaron mutuamente sus mejores deseos y la esperanza de conocerse personalmente cuando la Guerra terminase, pero ninguno vivió lo suficiente para ver ese día.
 
          En el listado de bajas, Nelson relacionaba los oficiales que habían resultado heridos: Contralmirante Nelson, amputación del brazo derecho; Capitán Thompson, del Leander, ligeramente herido; Capitán Freemantle, del Seahorse, herido en el brazo; Teniente John Douglas, también del Seahorse, herida en la mano; M. Waits, guardiamarina del Zealous, herido.
 
          Y también recogía los nombres de los oficiales fallecidos: Richard Bowen, capitán del Terpsichore, el primer teniente de Bowen, George Thorpe, John Weatherhead, 5º teniente del Theseus (mortalmente herido), William Earnshaw, 2º teniente del Leander, Ray Robinson, teniente de Infantería de Marina embarcado en el Leander, teniente Baisham, de Infantería de Marina, embarcado en el Emerald y el teniente John Gibson, comandante del Fox, que se ahogó.
 
          Pero los marineros e infantes de marina rasos que murieron fueron solo unos simples números en los informes, y lo siguen siendo en el momento en que esto se escribe. Investigadores españoles, no ingleses, así hay que decirlo, están actualmente indagando en los Archivos Públicos de Londres. El lugar en el que se hundió el cúter Fox con 98 hombres constituye una tumba marina. El pecio yace probablemente en el fondo de lo que es la entrada al puerto de Santa Cruz.
 
          Si los nombres llegasen a conocerse, cuando ello sucediera habría que erigir un recuerdo en Tenerife en honor de los que murieron, cualquiera que fuese su rango. Aquellos hombres, por lo que sé, lucharon y murieron por el honor de su país, como siempre han hecho y siempre harán, mientras haya guerras, los leales soldados.
 
 
 
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